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fundamental para generar capacidades humanas capaces de implementar tecnologías,
mejorar la eficiencia organizacional y enfrentar desafíos globales como el cambio
climático, la urbanización o las crisis sanitarias (UNESCO/IESALC, 2025).
Diversos organismos internacionales han señalado que, en una economía globalizada
basada en el conocimiento, las universidades son consideradas fuentes de innovación y
motores de crecimiento, contribuyendo no solo al desarrollo económico, sino también al
progreso social y cultural de las regiones en las que se insertan (OECD, 2007).
La relación entre educación superior y economía del conocimiento se manifiesta en
múltiples dimensiones, entre ellas la generación de investigación científica, la formación
de capital humano especializado y la transferencia tecnológica hacia el sector productivo.
Estas funciones permiten la creación de ecosistemas de innovación donde el
conocimiento académico se traduce en soluciones aplicadas que impactan directamente
en la competitividad de los países (Hoareau et al., 2013).
En efecto, la economía del conocimiento no puede comprenderse sin considerar la
interacción entre universidades, empresas y gobiernos, relación que ha sido
conceptualizada mediante el modelo de la “triple hélice”, el cual describe cómo la
articulación entre estos actores favorece la innovación, el desarrollo tecnológico y la
transformación del conocimiento en valor económico y social (Leydesdorff, 2012).
Este modelo ha evolucionado hacia enfoques más complejos, como la hélice cuádruple y
quíntuple, que incorporan a la sociedad civil y al entorno ambiental como componentes
esenciales del sistema de innovación, reconociendo que el conocimiento circula entre
múltiples subsistemas y se transforma en saber aplicado para la economía y el bienestar
social (Quadruple and Quintuple Innovation Helix Framework, s. f.).
En América Latina, las universidades están experimentando una transformación hacia
modelos más emprendedores y colaborativos, ampliando sus estrategias de transferencia
de conocimiento mediante investigación aplicada, asesoría a empresas, formación
continua y servicios a la comunidad. Estas prácticas reflejan un cambio desde una visión
tradicional de enseñanza hacia una participación en los procesos de innovación y
desarrollo territorial (OECD & BID, 2022).
La economía del conocimiento implica, por tanto, la implementación de estrategias
sistemáticas de gestión del conocimiento dentro de las instituciones de educación
superior, incluyendo la difusión de saberes científicos, la colaboración académica, la
generación de ideas innovadoras y su transformación en soluciones prácticas con impacto
económico y social (Sustainability Journal, 2024).