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INTRODUCCIÓN
La expansión de las tecnologías digitales y de las plataformas de redes sociales ha
transformado profundamente las formas de interacción social, producción simbólica y
consumo cultural, especialmente entre la población juvenil. El ecosistema mediático ha
migrado de modelos centralizados de difusión hacia entornos participativos, interactivos
y algorítmicamente mediados, donde los usuarios no solo consumen contenidos, sino que
también los producen y circulan. En este contexto emergen los influencers como actores
clave en la configuración de tendencias, prácticas culturales y decisiones de consumo,
operando en plataformas como Instagram, Tik Tok, YouTube y Twitch y desempeñando
un papel relevante en la construcción de gustos, identidades y estilos de vida juveniles
(Jenkins, 2009; Abidin, 2016). A diferencia de las celebridades tradicionales, cuya
notoriedad proviene de industrias como el cine o la música, los influencers construyen su
legitimidad a partir de la proximidad percibida, la autenticidad narrativa y la interacción
constante con sus seguidores, en un fenómeno que se relaciona con la cultura participativa
y la economía de la atención, donde la visibilidad y el engagement se convierten en capital
simbólico y económico. La influencia digital se sustenta en relaciones parasociales
intensificadas y en la percepción de cercanía, lo que incrementa su impacto en públicos
jóvenes (Senft, 2013; Khamis et al., 2017).
El consumo cultural juvenil ha sido ampliamente estudiado desde perspectivas
sociológicas y comunicacionales como un espacio de construcción de identidad,
pertenencia y diferenciación social, que incluye no sólo la adquisición de bienes
materiales, sino también la apropiación de contenidos simbólicos, narrativas, estéticas y
repertorios de significado. La juventud, como grupo social altamente conectado, se sitúa
en el centro de estas transformaciones, adoptando tempranamente formatos, lenguajes y
tendencias emergentes (Bennett, 2011; García Canclini, 2001). Desde la teoría del capital
cultural, el consumo cultural ha sido interpretado como un mecanismo de reproducción y
distinción social; en los entornos digitales, sin embargo, se observan dinámicas más
híbridas, donde coexisten procesos de democratización del acceso con nuevas formas de
jerarquización simbólica. Los influencers contribuyen a redefinir qué prácticas culturales
adquieren prestigio dentro de comunidades juveniles específicas, generando micro
campos de legitimidad en los que el capital cultural digital se construye no solo por el
acceso al contenido, sino por la capacidad de interpretarlo, crearlo y compartirlo
estratégicamente en red (Bourdieu, 1984; Thornton, 1995).